miércoles, 29 de octubre de 2025

 


                                             El día de los finados


     La Mariacruz vívía casi al final de la Calle Traviesa. Estaba gorda  como un tonel y coloradota como un bebedor de cerveza alemán .  Cuando murió su marido se quedó sola con una hijita  de cinco años blanca  y rubia  que siempre llevaba vestidos con lazos rosa en los hombros y la espalda. Crucita, no juegues en la calle, que te  vas a  llenar  el vestido. Crucita nunca jugaba con niños y niñas en la calle, ni antes ni ahora que no tenía padre.  Estaba siempre pulcra no porque no jugara, sino porque su madre quería demostrar que aún siendo viuda podía mantener a su hija siempre limpia y con los vestiditos nuevos.

     A los pocos meses de su viudez se comenzó a rumorear por el pueblo que a la Mariacruz se le aparecía su marido. Una noche, estando en la cama  oyó que llamaban a la puerta al estilo que lo solía hacer su marido cuando volvía de trabajar. Puso oído con mucho cuidado y no oyó nada más, pero pensó toda la noche  que nadie podría llamar de aquella manera. Se culpó durante horas y durante días por no haberse asegurado abriendo la puerta hasta que otra noche oyó con claridad la misma llamada. Se levantó temblando y abrió la puerta  pero no vio a nadie en la penumbra de la calle. 

     Pa los finaos trompos y cuerdas a los tejaos decían los chicos de mi calle  cuando veían a alguno de nosotros haciendo bailar el trompo.  Y había que tirarlos por voluntad propia o a la fuerza, nadie sabía por qué,  quizá solo porque así lo prescribía el dicho.

    El día de los finados  por la mañana, acompañada de su hija y de su cuñada La Maricruz se dirigió al cementerio.  Mientras caminaban, delante la Mariacruz con su hijita de la mano y detrás su cuñada, la Antonia, a Crucita le volaron las zapatillas por los aires. Pero hija, Antonia, cómo tienes valor a quitarle a la niña las alpargatas, no ves que se va a clavar un abrojo. Pero Mariacruz, cómo puedes pensar que le he hecho algo así a la niña, dijo la Antonia.  Ha sido tu marido, que viene detrás de nosotros desde el puente.

viernes, 13 de junio de 2008

Sandalio

Uno de mis mayores méritos es que en mi infancia conocí a uno de los soldados de la guerra de Cuba. Una guerra de hace cien años. Se llamaba Sandalio y tenía los ojos llorosos permanentemente no sé si por su edad o por haber sido soldado en la manigua. Cuando se hablaba de él siempre se preguntaba con el respeto debido a un pariente lejano ¿cómo está Sandalio, será muy mayor ya , no?

-Está más que mayor, ten en cuenta que estuvo en la guerra de Cuba, pero todavía fuma y cría su hortal como nosotros y además las mejores patatas y nabos son los suyos.

En esta foto en sepia aparece Sandalio con sus abarcas , su gorra y su chambra sobre la camisa blanca. Es alto y delgado y lleva la barba de toda la semana entrecana desde hace más de cuarenta años y tiene un brillo húmedo en los ojos que los hace parecer llorosos. Pero son los ojos profundos del que ya ha lo ha visto todo y está orgulloso de ser un superviviente, no sólo de la guerra de Cuba, sino un superviviente en general. En esa profundidad negra hay un destello de regocijo que no se apaga cuando dice su edad ni cuando una vez más se le alaba su aspecto físico que admite condescendiente . Se podría decir que conoce la importancia de su papel de ancestro vivo y lo representa con enorme dignidad.

Entre los héroes de aquella guerra perdida figuran algunos oficiales olvidados pero no figura Sandalio, que ni fue oficial ni siquiera tiene apellidos que por aquí ni falta que hacían, porque cuando había dos nombres iguales se concretabann con la pertenencia al padre, a la mujer o al marido; así mi abuelo era Manuel el de la Juana y mi padre, Amalio el de Manuel. Pero Sandalio es ya tan viejo y está tan solo que no pertenece a nadie, sólo a la memoria de los que saben que estuvo en la guerra de Cuba.


(Según un registro de pasajeros existente (hay muchos y el más antiguo es de 1509), Sandalio Sancho desembarcó en La Habana el 28 de enero de 1853. Llegó desde Barcelona en “La siempreviva”, procedente de Barcelona, y no puede ser de ninguna manera el Sandalio que yo conocí porque de lo contrario, en aquel tiempo ya tendría más de cien años , ¿pero qué más da?

domingo, 6 de abril de 2008

Pepe el de La Misi

En esta foto, está Pepe el de La Misi mordiendo un mondadientes que a veces se le escapa por la mella y lo tiene que recolocar para que no se le caiga. Le hice esta foto porque me impresionaron sus ojos vidriosos de ahora, su aire descuidado, casi de pordiosero y sobre todo ese andar lento de los adictos al alcohol y a las drogas más asesinas. Todavía lleva esa pelliza raída que quizá le ha salvado la vida este invierno en alguna helada alcohólica. Hace menos de diez años parecía un galán de cine con su traje azul, su camisa blanca, su corbata a juego y sus zapatos un poco polvorientos. Es el único que viste así en el pueblo y el único que sabe llevar un traje porque le sienta bien todo lo que se ponga. Se parece a Lord Jim o Corto Maltés vestido de gala porque acaba de fondear su goleta en la dársena. Hasta ese diente que le falta le da a su cara escurrida pero tersa un tinte un poco literario, como esculpida por mil aventuras de sal y vientos marineros pero sin sangre que no fuera de los dientes caídos como el suyo en peleas a puñetazos en tabernas de puerto. Además, cuando escupía por la mella ya no había lugar a dudas. En esta foto parece el retrato mismo del éxito alcanzado desde la nada y, eso  que aunque apenas sabe leer, a primera vista nadie lo adivinaría y aun sabiéndolo pocos podrían decir que fuera una lástima. Porque  la gente como él no necesita la cultura para triunfar. Un día, estando en la cumbre, tuvo éxito con todas las mujeres, hasta con las jovencitas en edad de merecer y su propia mujer, La Misi, le supo disculpar con un punto de falso orgullo ciertos desvaríos con el argumento de su hombría. Falso orgullo que sin duda estaba motivado por el interés de despertar la envidia entre aquellas delatoras que fingían hacerle un favor a La Misi al contarle cosas que no sabían o que sabían demasiado bien.

Hay quien se ríe con los ojos, con los labios o con la frente, pero Pepe el de la Misi se reía con toda la cara y si llevaba la chaqueta desabrochada, también con los hombros y los puños de manera que la risa le llegaba hasta  los pies, parte donde se volvía un poco polvorienta porque parecía reflejar un augurio nefasto.

Pagaré con mucho gusto la multa, mi sargento, porque como usted comprenderá no hay mayor satisfacción para un furtivo que el haber atrapado un sargento en un lazo de cazar conejos, le dijo en una ocasión al jefe de la pareja. Y es que hasta para insultar a la benemérita podía ser elegante. 

Estoy convencido de que Pepe el de La Misi era lo que sin necesidad de mucho análisis llamamos un superdotado. Prueba de ello es que probablemente con la ayuda del maestro abandonó la escuela antes de terminar de aprender a escribir y sin embargo, poco después no sólo vestía traje y se expresaba con corrección sino que estaba capacitado para ser hombre de negocios, dominaba las artes del mejor tahúr, condujo coches caros  sin permiso durante muchos años y llegó a ser propietario del mejor hotel en un lugar privilegiado para el turismo de retiro, es decir aquel que más lo necesita o el que más lo sabe apreciar. Y todo ello sin salir de su pueblo más que para hacer la mili primero y después  para acudir a ciertas timbas de las que sacaba el dinero necesario para pagarle las letras del hotel que le compró a don Félix, el antiguo propietario.

Si Pepe el de de la Misi era un personaje de tebeo, Don Félix lo era de película porque había trabajado en Columbia Films y con sus ganancias había construido el hotel en aquel lugar paradisíaco que descubrió con motivo del rodaje de una película.   Como antiguo artista se creía obligado a interpretar  el papel de   excéntrico así que hacía cosas como  fumar tabaco negro por la mañana y rubio por la tarde en largas boquillas  o jugar al solitario con barajas francesas mientras bebía pequeños sorbos de champagne. También representaba  con cierta habilidad otros papeles: el de amante de joven actriz  que le seguirá hasta la muerte, el del  artista dignamente retirado del frenesí del mundo del celuloide...  Sobre Pepe el de la Misi  ejerció con éxito el papel de Mefistófeles  porque le compró el alma a cambio del hotel y de una cantidad de dinero que él mismo le indicó dónde ganar fácilmente.

-Pepe, que la semana que viene vence la letra, ¿Tienes el dinero?

-No, don Félix, pero este sábado me voy a Socuéllamos y les saco lo necesario a los bodegueros.

- Mira que es mucho dinero y ya has estado en Valdepeñas y Tomelloso y no te queda mucho corte. Anda vente a Madrid que yo te presentaré a la gente adecuada.

Uno sólo necesita tres años para pagar un hotel con el fruto de desplumar primos en timbas en las que corre el whisky arrastrando polvillos blancos por las mesas. Pepe el de la Misi no es tan pardillo para preguntar qué es lo que aspira el actorcito por la nariz sino que le pide una raya de esas, la sorbe y entra, disimulando en el mundo de colores de la gente guapa y famosa y ocasionalmente con dinero y mujeres alrededor. Sólo necesita tres años para auparse desde la nada y, justo al llegar a lo más alto desplomarse voluntariamente en una caída vertiginosa porque todo pierde de pronto su sentido. Porque no fue ni el dinero ni su alma todo lo que tuvo que pagar Pepe le de La Misi por ser alguien.

En esta foto está ella sentada a la puerta de una capillita donde están enterrados sus dos hijos y donde enterrarán a Pepe en poco tiempo. Parece que está tomando el fresco tranquilamente a la puerta de su casa de pueblo como cuando era niña y se sentaba con sus padres por las noches de verano a ver pasar el satélite por el cielo cuajado de estrellas porque no había más diversión que aquella y aún aburría verlo todos los días cruzar lento como una estrella fugaz muerta y previsible, sin misterio. Ya no piensa en donde estará su Pepe ni qué compras hacer para la cocina porque ha vendido el hotel y consumado su autodestrucción. La Misi está en paz recordando cómo correteaban sus dos pequeñines por los alrededores del hotel, cómo ayudaban a su abuelo a preparar las cañas para pescar en la Laguna Colgada y cómo aquel día que en un descuido bajaron solos aparecieron agarrados de la mano como dos buenos hermanos flotando boca abajo en la parte más oscura de la laguna, donde la cascada forma un remolino y donde las higueras salvajes y los carrizos revelan las verdades más atroces.

viernes, 21 de marzo de 2008

la posada


En esta foto se ve claramente como era la antigua posada del pueblo. Esta es la parte principal, de planta rectangular con dos pilares gruesos que soportan la tablazón del piso de arriba donde dormían los arrieros en jergones de paja o directamente sobre las tablas. Esta no es la peor cama porque las tablas no están tan juntas como para impedir que suba el aire caliente que producen las bestias abajo, donde se las ha puesto para tenerlas cerca y para aprovechar su calor. Hombres arriba, bestias debajo, todos juntos porque la posada es un lugar totalmente público.

Mi amigo el cristalero va a desmontar la posada para ampliar la cristalería. Sabe que tiene un valor pero no cual ni cuanto, sólo que así eran las posadas antiguas. Pero  ya no hay arrieros ni bestias de carga que suban por la ruta de la plata traficando. En un rincón me enseña la boca tapiada de un túnel que comunica con la bodega de una casa dos manzanas más abajo. Lo hicieron como vía de escape para Buenaventura Durruti, que anduvo por estos pagos en los mismos días que se entrenaba por aquí como partisano Josif BrozTito. Ellos fueron probablemente los más ilustres huéspedes de la posada en toda su historia pero ya no llegaron en bestias de carga sino en alguno de los aviones que aterrizaron en el aeródromo que funcionó durante toda la guerra civil abajo, a las afueras del pueblo junto a la carretera de Córdoba. Mi amigo el cristalero sabe estas cosas porque es un poco antiguo y a veces le gusta hablar con los viejos, pero la mayoría de los de su edad no saben quién fue Durruti ni que hubo un importante aeropuerto militar en su pueblo.

domingo, 20 de enero de 2008

jardín botánico

Esta es la foto de un árbol del jardín botánico. Un sitio al que siempre quise ir desde que en el instituto me explicaron que fue idea de Carlos III. Por aquella idea, el árbol se elevaba a la categoría de la pintura y se le adjudicaba un espacio de protección y estudio como se hizo también por aquel tiempo con los cuadros de la colección real en el Museo de El Prado. Que se hiciera con los cuadros es fácilmente comprensible porque muchos eran realmente hermosos y se sabía por los inventarios que habían costado muy caros,pero os árboles no pertenecían a la colección de reyes caprichosos ni tenían ningún valor que no fuera práctico como alimentar chimeneas, servir como muebles o de costillas y tablazón para barcos con los que derrotar a los ingleses. La idea, pues, de crear un museo para criar sólo leña y madera, y eso en pleno siglo XVIII, es francamente notable. El espíritu de la Ilustración queda patente no solo es esto, sino también en el nombre: jardín botánico. Hoy, que corren tiempos más prosaicos se le habría llamado simplemente museo del árbol, como se llama museo del carro al de Tomelloso y no parque móvil del transporte rural. Y no es porque los ilustrados fueran pedantes, sino porque elevaban cosas hasta entonces vulgares a la categorías de otras más nobles y los árboles se lo merecían aunque menos que el arado con mulas y el abonado con estiércol, que por eso no tuvieron sus respectivos museos o jardines. Es poco probable que este árbol sea de los que se plantaron en aquel primer museo de seres vivos pero ahora que es otoño y está despojado de hojas , se ve la gran cantidad de tumores de sus ramas que parecen retorcerse de dolor en el contraluz violento de la foto en blanco y negro. Pero visto así tiene algo de agónico, de viejo afrancesado castigado por el tiempo o por el olvido reaccionario del vivan las caenas o simplemente por la historia cuyos torturados avatares se han ido fijando como cicatrices en forma de tumores en las coyunturas de sus ramas.

viernes, 24 de agosto de 2007

Curriculum vitae



Muchos pueden vanagloriarse de haber empezado su vida profesional desde los puestos más bajos o ejerciendo los oficios más humildes pero pocos pueden decir como yo que durante un tiempo trabajaron de espantapájaros. Considerando que mi padre en su infancia fue porquero y no precisamente al servicio de Agamenón, mi oficio de espantapájaros fue tanto o más digno que el suyo así que, si él lo pudo confesar sin rubor, también podré yo, que de hijo de porquero llegué pronto a espantapájaros y aún me superé siendo después albañil y camarero y sobre todo estudiante, el oficio más noble que se puede ejercer pese a la mala fama que le dieron aquellos que, por mala ventura, nunca estuvieron en la universidad o ni siquera acabaron la secundaria .

Pues bien, en esta imagen estoy vestido no de espantapájaros, que ellos no distingues de disfraces sino sólo entre comida y no comida y todo lo demás que se mueve es enemigo a no ser las ramas de los árboles; estoy vestido, digo, con sombrero de paja que es lo único que me asemeja a un espantapájaros y dedicado a patrullar un vivero sembrado de pino piñonero, pino negral y eucaliptus. Mi jornada es desde el amanecer hasta bien entrada la mañana y desde la caída de la tarde hasta el crepúsculo y son los momentos más dramáticos para los piñones y para los pájaros puesto que unos y otros pierden la vida si no comen o son comidos.

Al principio y al final de cada día es cuando más hambre tienen los pájaros, porque no han comido en toda la noche o porque si no comen a la puesta del sol se acostarán sin cenar. Armado con una lata de sardinas en cada mano las hago entrechocar organizando todo el alboroto que yo mismo puedo soportar y camino en lineas paralelas yendo y viniendo, cruzando el campo en diagonal o perpendicularmente zurciendo el vivero con punto de monja y matando de hambre a los volátiles. Cuando se aprenden la pauta se posan descaradamente a mis espaldas a escarbar en busca de piñones y entonces improviso nuevas rutas que, sin patrón fijo, resultan dejando rincones sin patrullar que se llenan de bandadas que esquilman el sembrado. Llega un momento en que sólo me dedico a correr de un rincón olvidado a otro con mis latas, mis melopeas y mis sombrerazos al viento y al final la emprendo a pedradas que desentierran las semillas allí donde caen y a lo largo del rastro que dejan, con lo cual descubro nuevas fuentes de riqueza para los ladrones. Cuando me canso, me siento en un bancal y los dejo comer a placer hasta que se pone el sol y entonces, espontáneamente, abandonan el campo y se retiran a sus nidos con el buche bien lleno. Yo me retiro también con la satisfacción del trabajo bien hecho aunque quizá con la sombra de una duda en la frente que intento disipar levantándome el ala delantera del sombrero.

Hacia 1967






viernes, 10 de agosto de 2007

La academia


La Academia

Esta otra es una foto en la que aun están cerca los tiempos de la casa de la torre. Ahora vivo una vez más en una casa peculiar. Es lo que antiguamente se llamaba un hotelito, o sea, una casa exenta de las demás con tres plantas y grandes balcones. A los lados hay casa vulgares de dos plantas y más allá alguna bodega o antiguas casas de labor , así que se distingue bastante incluso para quien sea poco observador. Tiene upstairs y downstairs como las casas de las películas inglesas. Se puede circular alrededor de toda la casa que tiene pequeñas aceras y en las esquinas hay palmeras gigantes. Todo está un poco ennegrecido quizá por la proximidad de la estación de ferrocarril que forma como una isla con una paisaje de carbonilla a su alrededor. Con un poco de atención se pueden usar las llegadas de los trenes como reloj y de hecho alguno lo usamos como despertador, así que el día del terremoto nos sorprendió un supuesto tren demasisado intempestivo. Lo más importante de la fachada es la escalera, que tiene dos ramas a derecha e izquierda. Entre las dos hay una fuente de rocalla semioculta entre la yedra, como debe ser. Para que mane el agua hay que abrir un pequeño grifo de bronce que está ya gris. Sólo en ocasiones usamos la escalera como el día del ingreso o cuando nos visitan nuestros padres y en esos casos subimos por la derecha y bajamos por izquierda. Al entrar en la planta principal hay un gran salón con ventanas de vidrieras y pilastras decoradas con estuco. En el centro de la estancia una gran lámpara con cuentas de vidrio que no sé si llega a ser araña. Aquí se pudieron celebrar en otros tiempos pequeños bailes de sociedad al son de la gramola o veladas musicales con té y pastas inglesas. Frente a la entrada está la escalera que sube a la tercera planta y a la azotea. Desde aquí bajamos al comedor por la escalera de servicio tres veces al día o subíamos a los dormitorios por la principal una sola vez. Solo un pupilo de preu que jugaba al fútbol en el equipo local tenia el privilegio de subir a ducharse también por la tarde los días de entrenamiento. Las demás puertas que se abren al salón están absolutamente vedadas para nosotros y constituyen la residencia privadas del dueño , su mujer y un hijo al que nunca vemos y que también es profesor en el instituto. Tengo que decir en su honor y probablemente en el de toda su familia que años más tarde fue detenido por asistir a la primera asamblea local que celebró la embrionaria y proteica platajunta. Jamás se oye la radio o la televisión aunque a veces se oye sonar un piano. Casi prefiero imaginar que se trataba de los conciertos que todavía se retransmitían en directo desde Londres a través de Radio Nacional. No había biblioteca ni espacios comunes de ninguna clase ni tampoco los necesitamos mayormente porque los tiempos están rigurosamente medidos: por la mañana vamos al Instituto hasta mediodía, comemos, volvemos al Instituto, estudiamos hasta la hora de la cena y todos a la misma hora nos acostamos en nuestras literas. Cuando todos estamos en la cama, alguien dice “la luz” y el director la apaga; luego se queda un tiempo indefinido en la oscuridad de la entrada vigilando y carraspeando de vez en cuando.

Abajo, en los sótanos que están a nivel de la calle, está la carbonera, la cocina y otras dependencias de servicio a las que se accede desde la calle por una puerta lateral, que es por donde entramos porque en realidad, los pupilos somos parte del servicio. En estos tiempos han degenerado bastante estas instituciones, lo mismo que nosotros, que para no desentonar deberíamos ir vestidos de traje azul los días de diario y de tenis los domingos. De hecho, es condición del pupilaje aportar el propio colchón y la ropa de cama a la escuálida litera. Porque los pupilos ya no pertenecemos como en otros tiempos a la clase alta sino solo a una masa amorfa de funcionarios, propietarios rurales y políticos de pueblo que le darán lustre al régimen desasnando a sus hijos y a la vez los colocarán aparte entre los llamados a ser los herederos del poder local conquistado por derecho de victoria. Seremos la primera generación de cuadros básicos que al menos ha hecho el bachillerato y después oposiciones a banca o a la administración del estado, porque nuestros padres no pasaron de primaria o son francamente analfabetos. El modelo rural del que tenemos representación es pequeño terrateniente con tres hijos, el mayor heredero, el segundón sacerdote y el pequeño estudiante a pupilaje en academia de prestigio. El modelo urbano es heladero del pueblo espabilado que instala fabrica de hielo unos años antes de la llegada del frigorífico o el panadero que acaba de instalar horno y amasadora eléctricos y ha aumentado su beneficio renunciando a la leña. El modelo político es el simple hijo de alcalde de pueblo con cargo añadido en el partido único y del que tenemos dos o tres representantes. Otros somos más difíciles de clasificar.

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El edificio de la academia a la que nosotros damos un nombre menos noble, era propiedad de una familia que huyó a Inglaterra durante la guerra y allá sus hijos aprendieron la lengua de Shakespeare, así que, a la vuelta, al regente actual de “la academia” le resultó fácil hacerse con una cátedra de inglés en el Instituto. Para subsistir con la miseria de sueldo de funcionario convirtió la residencia familiar en internado para alumnos de fuera de la ciudad que iban al instituto primero y eran preparados después para oposiciones a banca. En mis tiempos de pupilaje , con la creación de la Escuela de Comercio ya ni se preparaban opositores, así que la institución era más un pensionado que una academia aunque conservaba un barniz docente presente en un par de horas de estudio en las que hacíamos las tareas de clase en absoluto silencio y bajo la vigilancia del dueño que aprovechaba para leer el Times. El estudio era un aula pequeña con pupitres antiguos dobles y uno individual junto al radiador en el que estaba prohibido sentarse porque tenia el tamaño exacto para desplegar un periódico inglés y nosotros no necesitábamos tanto. Por supuesto, no había más radiadores. Probablemente aquellos pupitres tenían mucho que ver con el mobiliario antiguo del instituto, o el que mandó poner el general Espartero cundo lo fundó sobre un convento de monjas mercedarias. Como consecuencia de alguna remodelación se aprovecharon los pupitres y una pizarra que la daban al estudio un aire clásico y este al edificio su único marchamo académico junto con los dormitorios con literas en batería y el comedor comunitario. Las comidas se hacían en silencio casi absoluto y el pan lo administraba personalmente el director. Era norma pedirlo por favor y él mismo se levantaba de su mesa y nos lo llevaba en trozos pequeños a la nuestra y nos lo servía con pinzas. Supongo que intentaba educarnos en abandonar aquel vicio de los pobres de hartarse de pan o era una medida de ahorro porque nos lo servía con una expresión entre displicente y de censura. Aunque quizá fuese por las dos cosas ya que en todo caso conseguía que pidiésemos el mínimo indispensable y de hecho nunca vi que sobrasen mendrugos ni aun migajas en ninguna mesa. Los demás platos no se acercaban a lo abundante pero estaban bien elaborados y nos los servia la cocinera más a la pata la llana y sin los añadidos de precocinados que aparecieron después en los comedores escolares abaratando y empobreciendo el menú. No recuerdo que el director nos dijera jamás una palabra amable a ninguno de nosotros, pero tampoco nos agobiaba con prohibiciones ni normas. A veces podíamos tomar decisiones por nuestra cuenta como cuando aburrido por la vida monacal que llevábamos dicidí traerme la internado la bicicleta para ir al Instituto o para visitar algún sábado por la tarde la casa de la torre.

Hacia 1968.